La artesanía silenciosa de amar
Hay preguntas que no se hacen en voz alta porque duelen, pero aun así se quedan flotando en el pecho, como esa que una vez te escuché decir: “¿Sabes lo raro que es amar a alguien tanto tiempo como para conocerlo de verdad?” Y ahora, con tu ausencia convertida en silencio, esa frase resuena más hondo que nunca. Porque sí, es raro. Es raro y es hermoso. Es un privilegio que pocos llegan a tocar con las manos abiertas y el corazón sin miedo.
La mayoría de la gente, decías, deja de estar enamorada cuando ya conoce a su pareja. Como si el misterio fuera el único motor del amor. Pero tú no. Tú eras de esos pocos afortunados que, cuanto más conocían, más se enamoraban. Te enamorabas de las manías, de las grietas, de las contradicciones. Te enamorabas incluso de aquello que otros habrían querido cambiar. Y yo, sin darme cuenta, aprendí a mirar el mundo con esa misma paciencia tuya, con esa forma tan tuya de querer sin prisa.
Ahora que ya no estás, lo que queda no es la ausencia, sino la huella. La certeza de que amar de verdad no es un acto fugaz, sino un trabajo silencioso, constante, casi artesanal. Tú lo entendiste antes que nadie. Y aunque el tiempo se haya llevado tu voz, no ha podido borrar la forma en que me mirabas cuando hablábamos de estas cosas, como si el amor fuera un secreto que solo unos pocos podían sostener sin romperlo.
Quizá por eso duele tanto recordarte. Porque fuiste de esos pocos afortunados. Porque me enseñaste que el amor no se gasta con los años, sino que se afina. Y porque, aunque ya no estés, sigo enamorándome un poco más cada vez que pienso en ti.