Cada mañana

Asomarse de a poco a la vida es algo así como abrir una ventana en tu interior cada mañana y pedir al mundo que entre pero sin empujar.

No trato de saltar al día, sino de acercarme cautelosamente, con esa delicadeza que merecen las cosas importantes.

Primero llega la tenue conciencia de estar vivo, ese susurro que te dice “aquí estás”, antes incluso de que abras tus ojos.

Tu cuerpo aún recuerda la noche, pero tu alma ––a ciegas–– ya intuye la luz.

Cada una de tus mañanas se convierte en un pequeño nacimiento.

Tu vida te espera al otro lado, paciente, mientras te observa como te desperezas por dentro.

Asomarte de a poco ––cada mañana–– permite a tus pensamientos despertarse sin ruido, que tus emociones encuentren su lugar y que tu corazón consiga hacerse con el ritmo antes de que el reloj imponga el suyo.

Asomarte de a poco es permanecer unos segundos más en ese borde suave donde todo se intuye posible y nada duele todavía.

La luz del amanecer entra despacio, porque es consciente de la inconveniencia de apurarlo todo.

Ilumina las paredes, tu piel, nuestros recuerdos.

Al otro lado el mundo ya se mueve ––acelerado–– pero adentro el movimiento es totalmente distinto.

Asomarse a la vida de a poco nos ayuda a reconocer que cada día es una promesa, aunque que pese, aunque cueste.

Es mirarla de reojo al principio, tímidamente, y discretamente animarse a dar un paso más.

Ese gesto cotidiano atesora algo profundamente sentimental.

Es confiar, una vez más, en que vale la pena estar aquí, dar ese paso.

Es respirar profundamente, sentir el pulso de la vida y aceptar lo que ha de venir.

Asomarse de a poco a la vida es un acto de amor silencioso hacia ese día que comienza, hacia lo que somos y hacia la posibilidad de intentarlo todo cada mañana.

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Si alguna vez lloras, que sea a mi lado