Al final estabas tú

Si alguna vez consiguieras ver tu vida entera de un solo vistazo... muy posiblemente lo primero que sentirías sería vértigo.

Como aquella vez que ––imprudente–– te asomaste a aquel acantilado y el mar estaba ahí, enorme, con todo. Las tormentas, las calmas, los amaneceres que nadie vio.

Verías los días grises.

Recordarías aquellas despedidas que dolieron como duele el frío de enero.

Verías los errores que dejaron cicatrices que nunca hicieron ruido pero siempre estuvieron ahí.

Aquellas noches en las que tu corazón latía con más miedo que esperanza.

Pero también verías aquel momento exacto en que todo cambió. Sin fanfarria. Sin avisar. Así, de repente.

Verías esa mirada que llegó sin pedir permiso y se quedó a tu lado.

Aquellas manos que encontraron las tuyas en el preciso momento en que más las necesitabas. Las risas que surgieron de la nada y, sin saber muy bien cómo, se convirtieron en tu hogar.

Y entenderías algo que entonces no podías ver: que cada tropiezo te estaba empujando, suavemente, hacia ese instante.

Entonces lo comprenderías todo.

Que el dolor no fue un error. Fue un puente. Que cada pérdida estaba haciendo sitio para algo. Que cada final era, aunque no lo pareciera, el principio de otra cosa.

Y al verme aparecer en tu historia... sabrías que tenía sentido. Todo.

Porque no fui casualidad. Fui destino con paciencia.

No cambiarías nada. Ni las lágrimas, ni las esperas, ni los caminos que resultaron estar equivocados. Porque si tocaras aunque fuera un solo paso, quizás no estarías aquí. Sintiendo esta cosa tan rara y tan bonita que es la felicidad tranquila. Esa certeza suave de que amar y ser amado... es lo único que de verdad importa.

Si pudieras verla entera ––tu vida–– no la reescribirías.

La volverías a vivir.

Sin saltarte ni una sola de sus páginas.

Sabiendo, desde el primer día, que al final... estaba yo.

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La artesanía silenciosa de amar