Quiero conocerte más
Quiero conocerte más.
La frase surgió en mi mente una noche tranquila, de esas en las que el silencio quiere quedarse un poco más tiempo del habitual.
No la dije en voz alta.
Simplemente surgió, como cuando una idea llega sin avisar, impertinente, y se queda flotando en el aire, esperando ser entendida.
Durante mucho tiempo pensé que conocerse era algo sencillo.
Al fin y al cabo, uno vive consigo mismo cada día, comparte todos los pensamientos, todas las decisiones, todos los recuerdos.
¿Cómo no conocerse?
Pero con los años empecé a sospechar que convivir con alguien no significa necesariamente entenderlo, comprenderlo.
Hay días en los que descubro gestos míos inesperados.
Reacciones que me sorprenden, silencios que esconden más de lo que aparentan, emociones que aparecen, siempre sin pedir permiso.
Como si dentro de mí hubiera caminos que nunca he recorrido del todo.
A veces imagino que esa frase es el inicio de una larga conversación.
Una conversación sin prisa, donde cada respuesta te lleva rápidamente a otra pregunta.
Me gustaría saber por qué algunas cosas me conmueven tanto y otras apenas me rozan. Entender de dónde nacen ciertos miedos que todavía aparecen en momentos inesperados. Recordar sueños antiguos que quizá no desaparecieron, sino que simplemente aprendieron a esperar.
Hay algo extrañamente íntimo en esa búsqueda.
Como si estuviera caminando hacia alguien que siempre ha estado cerca, pero a quien nunca miré con verdadera atención.
Alguien que ha estado presente en cada instante de mi vida y, aun así, sigue acogiendo tantos misterios, tantos secretos.
Por eso vuelvo a pensar la frase con calma, casi como una promesa silenciosa.
Quiero conocerte más.
Y solamente ahora, mientras la repito en silencio, empiezo a entender a quién iba dirigida.