Geometria íntima
Estoy seguro de que alguna vez has oído hablar de la escalera de Penrose.
¿No te suena? A mí tampoco hasta que vi la imagen.
Ese ascenso infinito que curiosamente siempre nos devuelve al mismo punto.
Ese momento en el que creemos haber alcanzado la cima ––esa definitiva claridad–– y es justo entonces cuando ese pliegue invisible del destino te enseña que sigues caminando sobre ese infinito peldaño, tan luminoso como misterioso.
En esa aparente repetición, en ese delicado juego de avance y retorno, habita su secreto encanto.
A tu lado, esa interminable escalera, se percibía de distinta forma, lo que se presentaba como un laberinto irónico ––trampa de ilusiones impacientes–– se convirtió en un territorio íntimo en el que, a cada paso, se revelaban las más hondas capas de nuestros corazones.
Es verdad que cada uno de los giros se nos presenta idéntico al anterior, pero cada uno de ellos esconde una sutil variación, aquel gesto tuyo que siempre ––hasta ahora–– me había pasado inadvertido, esa palabra que ––justamente en este giro–– cobra un significado tan inesperado que me asusta tu clarividencia al pronunciarla, una luz distinta que se filtra entre los resquicios de nuestras dudas.
Ese caminar sin llegar, alberga un silencioso romanticismo, sobre todo al comprender que el destino final pierde toda relevancia y que lo único que realmente importa es que sigamos encontrándonos en cada peldaño.
En esta escalera, que desafía la lógica como nuestra propia vida, pareciera que el tiempo se dobla y se ablanda, nos envuelve, nos acoge y deja de empujarnos para solamente acompañarnos.
Y fue entonces, cuando yo, que tantas veces temía perderme, descubrí que eras tú ––con tu presencia–– ese pasamanos invisible que me guiaba, la certeza que acertaba a equilibrar mis erráticos pasos.
Esa escalera infinita, imposible, solamente adquiere sentido cuando la subes en compañía.
Si has llegado hasta aquí ahora ya sabes que volviendo una y otra vez al mismo tramo, este será completamente distinto porque ––entre otras cosas–– somos nosotros los que hemos cambiado.
Todo porque en cada imaginario ascenso renovamos la oportunidad de mirar hacia un lado y saber que no estamos solos, que nos miramos como aquella primera vez, con asombro, con ternura, con la serena emoción de estar arropados.